Visitas: 109
Del paso al Oriente Eterno: Cántico del Iniciado Tras el Velo
Morir no es el fin, sino el tránsito sagrado, el paso consciente por la Puerta de Occidente, allí donde el Sol, en su fulgor último, se sumerge en el misterio, arrastrando consigo las sombras de lo aparente, pero no la promesa de la Luz.
Porque el auténtico Iniciado sabe: la muerte del cuerpo es solo un cambio de vestidura, un gesto en el gran drama cósmico.
Quien ha vivido en rectitud, quien ha labrado su piedra bruta con esfuerzo y conciencia, renace en el Oriente Eterno, allí donde la Luz no conoce ocaso.
Los Hermanos que han cruzado ese umbral, los Masones Pasados al Oriente Eterno, no han partido. Han trascendido.
Entraron en la muerte como se entra en el sanctasanctórum: desnudos de ego, revestidos de símbolos, iluminados por la antorcha de la Verdad.
Su viaje no fue una huida, sino una consagración.
Realizaron en sí mismos el gran misterio: el Verbo se hizo carne en sus obras, la Idea descendió a la acción, y su esencia, liberada del mármol terrenal, se fundió con la Luz primordial.
Ellos son los eslabones vivientes de la Cadena Áurea, los que tejieron con sus vidas el manto de la Tradición. No se fueron: se transfiguraron.
Su pensamiento alimenta el egregor del taller, su aliento mueve el fuelle de los ritos, su presencia habita en el ara, en la espada, en la escuadra, en el compás.
¿Quiénes son estos seres que llamamos “difuntos”? Son los Maestros Invisibles, los que sentaron las columnas de nuestro templo interior.
Son los que, desde el silencio, nos hablan en el lenguaje de los símbolos, nos guían por los caminos de la intuición, y nos señalan la escalera de caracol que une la Tierra con el Cielo.
No los recordamos con tristeza, sino con veneración gozosa.
Siguen sentados entre nosotros, no como fantasmas, sino como presencias activas, constelaciones en la bóveda de la logia, estrellas fijas en el firmamento de la Orden.
Uno de ellos, el Querido Hermano José Mesa, hoy es nombre y esencia, símbolo y memoria, legado y promesa.
Su vida fue un trazado de arquitectura luminosa, su palabra, una joya en el cofre de los misterios.
Él, como todos los que han partido al Oriente, es ahora guardián del Fuego Sagrado, vigía de la Sabiduría, canal del Amor fraternal que todo lo une.
Sus tumbas están vacías, porque sus espíritus moran en el Este, allí donde nace el Sol de cada mañana, allí donde la Luz se revela sin velos.
Y así, en la quietud del templo, cuando las luces se encienden y los instrumentos resuenan, ellos están ahí, en el susurro del viento que mueve el mandil, en la geometría sagrada del pavimento mosaico, en el fulgor de la Estrella Flamígera.
Porque el Iniciado que ha pasado la Puerta no muere: se eterniza.
Se convierte en parte de ese coro invisible que canta el gran poema de la Creación, que danza en el ritmo de las esferas, y que ilumina, desde lo alto, el camino de los que aún caminan en el valle de lo visible.
Como antaño profetizó el vidente Daniel:
« Los sabios resplandecerán con el brillo del firmamento, y los que guiaron a muchos por la senda de la justicia serán como las estrellas, por los siglos de los siglos. »
Pues ellos, los Pasados al Oriente Eterno, son los herederos de esa luz, los custodios de ese destino, los mensajeros de ese amanecer que no conoce noche.
MM.·. Roland y Georges