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Al principio, el maná descendía como un regalo incondicional. No exigía méritos ni conquistas. Alimentaba exactamente lo que debía alimentar: lo necesario, no el deseo. Su sencillez era su perfección. Enseñaba silenciosamente que la verdadera vida no se acumula, sino que se recibe con confianza en el día presente.

Pero el hombre soporta mal el don puro. Lo que es gratuito le inquieta, porque no encuentra en ello ningún poder que ejercer. El maná, al no halagar ni el orgullo ni la codicia, fue juzgado pobre, insípido, indigno de la desmesura interior que comenzaba a crecer. Los ojos se hicieron más grandes que el estómago. Como la rana frente al buey, el hombre quiso ampliar lo que no podía ampliarse sin romperse. Confundió plenitud con exceso, grandeza con hinchazón.

Así, el maná fue maldecido, no con palabras, sino con una mirada deformada. No es el don lo que se corrompe, sino la relación con el don. Lo que debía alimentar la confianza se vio obligado a saciar la codicia. Lo que era acuerdo se convirtió en carencia. Toda gracia atesorada se deteriora, porque lo sagrado no se deja almacenar ni controlar.

En su profundidad iniciática, el maná es también el alimento del aprendiz. Se le da para sostener la marcha, no para satisfacer la impaciencia. Enseña la lentitud, la integración, la justa medida. Pero el aprendiz, a veces, quiere superar al maestro antes de haber atravesado el trabajo interior. Desea la luz sin haber ampliado el espacio que puede recibirla. Entonces, la enseñanza le parece repetitiva, insuficiente, demasiado simple. Desprecia lo que no corresponde a su sed de grandeza inmediata.

El maestro, sin embargo, se alimenta del mismo pan. La diferencia no está en el Maná, sino en la conciencia que lo acoge. Querer poseer el conocimiento antes de que se haya encarnado equivale a vaciarlo de su sustancia. Toda maduración forzada engendra la ilusión en lugar de la sabiduría.

El maná permanece eternamente disponible. No desaparece, sino que se oculta. Vuelve a ser invisible para aquel que quiere más de lo justo y se revela a aquel que acepta la dependencia del Misterio. Cuando cesa la codicia, la comida recupera su sabor. Cuando el hombre renuncia a engrandecerse, descubre que la simplicidad ya contenía la profundidad.

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